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La contrarevolución bolchevique/ The Bolshevik Counterrevolution [Castellano/English/Português]

Ayer, el 5 de diciembre, hacía cien años desde la creación de la Checa por parte del partido bolchevique. Sólo un mes después de su llegada al poder, ya habían creado un organismo dedicado a la exterminación de otras corrientes revolucionarias. En memoria a sus víctimas, publicamos las siguientes traducciones.

Cien años de la contrarrevolución bolchevique: memoria histórica acerca de la destrucción de nuestras luchas Cien años de la contrarrevolución bolchevique

One Hundred Years After the Bolshevik Counterrevolution: historical memory regarding the destruction of our struggles CentanysbolxevicENGLISH

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CEM ANOS DEPOIS DA CONTRARREVOLUÇÃO BOLCHEVIQUE: MEMÓRIA HISTÓRICA SOBRE A DESTRUIÇÃO DAS NOSSAS LUTAS BolcheviquesPORTG

Cien años de la contrarrevolución bolchevique:

memoria histórica acerca de la destrucción de nuestras luchas

El presente texto pretende ser sólo un resumen, un pequeño recuerdo cerca de un desastre histórico, que a día de hoy, todavía resuena en nuestras luchas. Éste octubre de 2017, cien años después, nos corresponde recordar como la apropiación bolchevique o comunista de la Revolución Rusa fue un desastre para la clase obrera, un desastre para el pueblo ruso y todos los pueblos sometidos al anterior Imperio Ruso, un desastre para los movimientos anticapitalistas a nivel mundial, un desastre para todas las personas en cerca de la libertad, un desastre para la humanidad.

Un desastre previsible

El devenir contrarrevolucionario de la URSS era previsible. De hecho, Bakunin previó como una «dictadura del proletariado» se convertiría rápidamente en otra dictadura sobre el proletariado 50 años antes de que esto se produjera. Años después, muchas otras participantes de la lucha anticapitalista llegaron a la misma conclusión. Era un apuesta ciertamente segura, dado que los líderes de la nueva dictadura se inspiraron en otra figura contrarrevolucionaria, la del mismo Carlos Marx.
No es una afirmación que hacemos a la ligera, tachando de «contrarrevolucionario» a un personaje que, sin ningún tipo de duda, fue tan importante para las luchas anticapitalistas. No se la haríamos a nadie por el simple hecho de discrepar en cuestiones teóricas. Llegamos a esta afirmación sólo como conclusión de un estudio detenido sobre las consecuencias de las acciones del mismo Marx.
Marx implantó actitudes colonialistas y de supremacía blanco en el seno del movimiento anticapitalista. Además, rompió la autonomía de este movimiento de forma tan profunda que 150 años después todavía no hemos superado.
Por ejemplo, Marx celebró la conquista yanqui del norte de México, según él mismo contrastando el «energético» pueblo yanqui con el vago y «primitivo» pueblo mejicano. Su idea de progreso y materialismo dialéctico compartía con el liberalismo de entonces el elemento de supremacía blanco. Estaba convencido de los pueblos occidentales eran los más avanzados del mundo y que todos los demás pueblos deberían emular Europa y seguir el mismo camino para poder liberarse. Por lo tanto, era un defensor descarado del colonialismo, lo reconocía como ejercicio de violencia capitalista, pero creía que era necesario para el progreso de los pueblos primitivos.

Al margen de racista, Marx era autoritario y cómplice con las instituciones burguesas. Una de las características más potentes del movimiento obrero del siglo XIX era su autonomia. Fue un movimiento construido por los y las obreras mismas, donde las instituciones de los enemigos de clase no tenían cabida. Marx arruinó todo eso con su postura obstinada de que, según su teoría —una teoría que la historia hace polvo; una teoría que predecía que las revoluciones anticapitalistas sucederían en Alemania y el Reino Unido y no tanto en Rusia o España— para ganar, la clase obrera tendría que adoptar las formas políticas de su enemigo, organizándose en partidos políticos y entrando a las instituciones burguesas, a los parlamentos donde los monárquicos y los capitalistas luchan por el control de un poder basado únicamente en la subordinación de las campesinas y las obreras, un poder que ni tan sólo podría existir sin la continuada dominación de éstas.
Marx estaba acostumbrado a estar rodeado de aduladores. Cuando se dio cuenta de que había mentes independientes y opiniones contrarias a la Internacional, que ésta ya no era su club personal, conspiró aprovechándose de maniobras y juegos sucios para manipular asambleas y con ello echar a todos los compañeros que discrepaban de él y que se oponían a la táctica obviamente errónea de crear partidos políticos. Esto no fue un conflicto entre dos posiciones, la marxista y la anarquista, ni un enfrentamiento entre Marx y Bakunin. Con la escisión, la mayoría de la Internacional se fue. Marx excluyó no sólo a anarquistas si no a cualquiera que discrepase con él, como fue el caso de feministas del corte de André Leó, participante de la Comuna de París (movimiento que en un principio Marx denunciaba).
El hecho de que la Internaciona controlada por Marx fue poco más que un frente para sus ambiciones se evidencia en que ésta tardó poco tiempo, después de la escisión, en colapsar sobre el peso de su inoperabilidad. La estrategia controvertida de Marx que resultó en la destrucción la Internacional —la conversión de ésta en una herramienta para la entrada en las instituciones burguesas mediante partidos socialdemócratas— fue un fracaso vergonzoso, tal y como los críticos habían previsto. Los nuevos partidos no tardaron mucho en vender a la clase trabajadora a sus nuevos colegas profesionales, los burgueses. Además, los principales herederos de Marx, como el Partido Socialdemócrata de Alemania, enviaron a los obreros a la carnicería contrarrevolucionaria, es decir, a la Primera Guerra Mundial.

Lenin: desde agente alemán a carnicero de luchas obreras

Desde muy pronto, Lenin fue líder de la facción bolchevique (es decir, la mayoritaria) del Partido Obrera Socialdemócrata Ruso, el cual se convertiría en el Partido Comunista.

Era un intelectual de familia burguesa que no dejó nunca de jugar el papel dirigente. NO podemos negar el hecho de que una persona no elige donde nace, però puede renunciar a su privilegio a luchar al lado de los oprimidos. Lenin diseñó un Estado pseudo-revolucionario que sería dirigido por su clase. La URSS, desde el primer momento, fue una dictadura de intelectuales y burócratas oprimiendo a las clases populares. Lenin no cambió nunca sus intereses de clase. Llamaba a los obreros y a los campesinos a luchar y asimismo durante la Revolución adoptó discursos anarquistas. Como en El Estado y la Revolución, el cual escandalizaba a los miembros de su partido que no entendían que el texto representaba un intento manipulador de ganar el apoyo de las masas y una alianza con los anarquistas, que constituyeron una fuerza de choque clave en la insurrección de octubre. Todo estaba calculado para tal de motivar a las masas a servir de carne de cañón para sus ambiciones.

Lenin era incluso más autoritario y sectario que Marx. Como líder de los bolcheviques, maniobraba para expulsar a los mencheviques, bogdanovistas y otras corrientes del Partido. Discrepaba con los primeros porque creían en la libertad de opinión mientras que él creía que todo el partido tenía que acatar las afirmaciones del líder. Discrepaba con lose segundos simplemente porque representaban una amenaza al propio control del partido. Alegaba que Bogdanov no era un marxista ortodoxo pero Lenin tampoco lo era—ya hacía años que se había acercado a la idea de los anarquistas y los esery (Revolucionario Sociales o RS) de que se podía hacer una revolución en Rusia sin pasar por una etapa constitucional.
En la vigilia de la Revolución Rusa, Lenin estuvo en contacto con los servicios secretos de el Imperio Alemán. Lenin pudo volver a Rusia durante el tumulto de la Guerra Mundial únicamente gracias a la policía alemana. Ésta también ayudó a financiar su partido. A cambio de la ayuda esperaba que Lenin retirara Rusia de la guerra.*

Al final, Lenin fue mucho más fiel a los imperialistas alemanes que a los obreros y campesinos. Todo y que los otros bolcheviques estaban horrorizados con la propuesta de colaborar con Alemania, la dictadura que Lenin ya había erigido en el seno de su partido, triunfó. Sin hacer ninguna consulta los pueblos polacos y ucranianos, históricamente ocupados por zarismo, Lenin cedió estos territorios al Imperio Alemán, además de un gran botín de dinero y materia que les ayudó a la matanza de la clase obrera en el frente occidental.

Contrariamente a la visión leninista o trotskista que atribuye toda la brutalidad de la URSS a Josef Stalin, la represión sangrante contra las clases trabajadoras y el esfuerzo para reconstruir el capitalismo empezaron el primer año de la dictadura, cuando Lenin todavía lideraba.

Una revolución desviada

La Revolución de Febrero de 1917 tuvo como resultado un gobierno parlamentario inmovilizado por el propósito irreal de reformar el antiguo régimen mientras protegía los interesantes dominantes. La Revolución de Octubre (que empezó el 7 de noviembre según el calendario actual) ten´ia que acabar con el poder de los burgueses y aristócratas y permitir la auto-organización de la sociedad mediante los soviets, asambleas de obreros, campesinos y soldados, que habían aparecido de forma espontánea en la Revolución de 1905 y que resugurgieron a partir de la Revolución de Febrero.
No obstante, los bolcheviques operaban como vanguardia intelectual desde el principio, independientemente de los soviets y de las luchas obreras y campesinas. Utilizaron a los soviets como mera herramienta para la conquista del poder y cuando ya no les convenía los reprimieron.

El 7 de noviembre, los bolcheviques y aliados se alzaron en Petrogrado, empezando la segunda revolución. El 8 de noviembre, un destacamento de marineros de Kronstadt, liderado por el anarquista Zhelezniakov y en coordinación con los bolcheviques, asaltaron el Palacio de Invierno, poniendo fin al Gobierno Prrovisional.
El mismo Zhelezniakov también fue elegido para liderar el destacamento que prendió y abolió la Asamblea Constituyente en enero del año posterior. Lideraba una flotilla y después un destacamento de trenes armados contra los Blancos en la Guerra Civil. Aunque protestó frente a la imposición de medidas jerárquicas y de la restauración de oficiales zaristas en el Ejército Rojo por parte de los bolcheviques, era demasiado valioso como estratega militar y no lo echaron fuera. Los bolcheviques le pidieron que volviera a ayudarlos-se había ido a Crimea para luchar contra los Blancos en una formación autónoma-y le asignaron la comandancia de la campaña de trenes blindados contra el avance del General Blanco, Denikin. Murió en combate el año 1919.
Posteriormente, quedaría claro que los bolcheviques no se coordinaban con los anarquistas desde un espíritu solidario. Al contrario, dejaban los papeles más peligrosos a sus supuestos aliados para qué éstos asumieran las consecuencias políticas y físicas en caso de que el asunto saliera mal.

En noviembre de 1917, los bolcheviques se pudieron aprovecharon de la mayoría puntual que tenían en el Segundo Congreso Panruso de los Soviets, gracias a la desorganización de los otros partidos después del golpe contra el Gobierno Provisional, a la hábil propaganda de los mismo bolcheviques y a su perfil político y intelectual (no conseguían la mayoría sumando la clase obrera y los soviets, pero si que la tenían entre los delegados elegidos). Convirtieron el Comité Ejecutivo Central en un órgano del gobierno casi independiente y por encima de los soviets. Antes, el Comité era un órgano sin poder estatal que sólo tenia que dar continuidad al trabajo del Congreso de los Soviets. A partir de la maniobra bolchevique, se convirtió en el poder ejecutivo de un nuevo Estado. Éste Comité, formado por delegados elegidos por delegados elegidos por delegados (las tres capas de representatividad son los soviets locales, el Congreso de Soviets y el Comité Ejecutivo Central) estaba controlado – como tiene que ser – no por el pueblo, sino por burócratas más maquiavélicos y arribistas: los bolcheviques. Entonces, el Partido Bolchevique, bajo la dictadura intransigente de Lenin, hizo que su nuevo Comité Ejecutivo Central formara el Consejo de Comisarios del Pueblo, o Sovnarkom, que rápidamente se convirtió en la autoridad suprema del nuevo Estado y en la figura responsable de reorganizar la economía y administrar los asuntos de Estado. Su secretario fue – que sorpresa- Lenin!

Los bolcheviques no acataron cualquiera de las oras decisiones del Srgundo Congreso Panruso de los Soviets, abandonando así todo el programa oportunista que habían utilizado para conseguir una mayoría de delegados- ni el programa agrario, ni la propuesta para poner fin a la guerra ni la decisión de crear una Asamblea Constituyente. Al montar muchas capas burocráticas capaces de legitimar su dictadura, éstas no cubrían los intereses de las clases populares. Posteriormente, los Congresos de los Soviets no hicieron más que dar el beneplácito a las decisiones del Sovnarkom.

El 5 de diciembre de 1917, los bolcheviques establecieron la Checa, policía secreta que desde un primer momento dirigía sus actividades contra otras corrientes revolucionarias. Su líder era Dzerzhinsky, un aristócrata polaco.

El 22 de diciembre de 1917, los bolcheviques empezaron a negociar la paz con Alemania y las otras Potencias Centrales, otorgándose la autoridad para hablar en nombre de toda la sociedad rusa, más los pueblos ocupados por el Imperio Ruso.

El 30 de diciembre, los bolcheviques realizaron su primera operación de represión política, deteniendo un pequeño grupo de RS, supuestos aliados, pero que incluía un delegado de la Asamblea Constituyente que formaba parte del bloque de la oposición a los bolcheviques.

En enero de 1918, los bolcheviques dejaron la Asamblea Constituyente y, posteriormente, participaron en su supresión, junto con los anarquistas. Mientras los anarquistas se oponían a la Asamblea por ser un órgano burgués que contradecía el poder de los soviets, los bolcheviques habían pedido la creación de tal Asamblea después de la Revolución de Febrero y se habían presentado a las elecciones. Sólo se pusieron en contra de la Asamblea una vez ellos y sus aliados no consiguieron ganar una mayoría.
En marzo de 1918, los bolcheviques firmaron una paz humillante con Alemania que iba en contra de todas propuestas populares hechas para poner fin a la guerra; pagaron una gran indemnización de guerra y cedieron el control de diversos pueblos previamente bajo dominio zarista. En Ucrania, los campesinos se organizaron en guerrilla y ganaron muchas batallas contra los imperialistas alemanes, mostrando la viabilidad de la propuesta de anarquistas y otros de «ni guerra ni paz», es decir, poner fin a la guerra imperialista pero resistiendo cualquier ocupación mediante una guerrilla popular. Lenin impuso su voluntad contra ésta opción, probablemente porqué sabía que su Partido elitista no seria capaz de controlar una guerrilla descentralizada. Prefirió la derrota y la ocupación a una revolución no controlada.
Como consecuencia, los RS, importantes aliados de los bolcheviques, declararon que éstos eran agentes alemanes y dejaron el gobierno.
En abril de 1918, la Checa empezaría las primeras ejecuciones sin juicio en una operación contra anarquistas a Petrogrado y Moscú. Al final de la operación habían ejecutado a 800 personas sin juicio. Su discurso era el de atacar a enemigos de clase, pero tenían órdenes secretas de disolver todas las organizaciones anarquistas en las dos ciudades principales. El 12 de abril de 1918, los bolcheviques atacaron 16 locales anarquistes en Moscú, produciendo docenas de muertos y unas 500 detenciones. Amenazado por el dramático crecimiento del movimiento anarquista en Moscú, Trostky y la prensa bolchevique habían hecho una campaña mediática en colaboración con los burgueses locales acusando a experimentados militantes de ser bandidos y criminales, cuando se trataba de expropiaciones de bienes burgueses para fines revolucionarios.

En junio de 1918, Trotsky abolió cualquier forma de control obrero del Ejército Rojo, destruyendo la tradición proletaria que permitía a los soldados elegir a sus oficiales. Restauró, así, todas las antiguas jerarquías en el Ejército- de origen aristócrata- y complementadas por una nueva jerarquía ideológica con la presencia siniestra de la Checa a todos los niveles, destruyendo la capacidad del Ejército de funcionar como baluarte de las ideas de la revolución y convirtiéndolo en una mera herramienta del Partido.

Como antes, los oficiales recibían el estatus y la remuneración de señores, mientras los soldados eran meros esclavos. Además, cualquiera-oficial o soldado-que hablase en contra del régimen era fusilado.
En paralelo, efectuó el reclutamiento masivo de ex-oficiales zaristas. Bajo el dominio bolchevique, el Ejército Rojo se convirtió en un ejército aristócrata. A raíz de esta iniciativa, en 1918 el 75% de los oficiales del Ejército eran ex-zaristas. A finales de la Guerra Civil, el 83%. En vez de fomentar el liderazgo para las clases populares, los bolcheviques devolvieron la autoridad a las élites.

Al contrario, todos los líderes destacados de las formaciones anarquistas en la Guerra Civil—Maria Nikiforova, Nestor Makhno, Fyodor Shchuss, Olga Taratuta, Anatoli Zhelezniakov, Novoselov, Lubkov— son elegidos por sus compañeros según sus capacidades y además son obreros y campesinos a diferencia de los burgueses, aristócratas y inteligentsias que reinan en el. campo bolchevique. Además, son de los más efectivos en el campo de batalla. Mientras Trostky sufría una derrota tras otra, Zhelezniakov Makhno jugaban los papeles claves en la derrota del general del Ejército Blanco, Denikin. Posteriorment, son Makhno y sus guerrilleros quienes toman l’Istme Perekop, baluarte clave de la península de Crema, la pérdida del cual significó la derrota de Wrangel . Y en muchos lugares de Siberia los destacamentos de guerrilleros de anarquistas, como lo de Lubkov y Novoselov, contribuyeron mucho a parar el avance del Ejército Blanco entre 1918 y 1919, aunque será el Ejército Rojo o la Cheva quiénes les fusilen al final.
En el mismo de junio, 1918, el Partido implementa su política de «comunismo de guerra». No tiene nada de comunismo, sino que significa la monopolización del Partido de toda la economía del país. No son los obreros y campesinos quiénes controlan las fábricas y campos sino los burócratas que trabajan ahí. Ésta política, a parte de la nacionalización de toda la industria, impone una disciplina muy estricta sobre los obreros, un empeoramiento de las condiciones laborales y un aumento de la jornada; convierte la huelga en delito fusilable; establece el control estatal sobre todo el comercio internacional y ilegaliza la apropiación forzosa de todos los bienes y productos de los campesinos, inaugurando así una política agraria mucho más explotadora y dura que la de la servidumbre zarista. Ésta, por supuesto, conduce a millones de muertos entre el campesinado y provoca constantes rebeliones campesinas contra el poder bolchevique.


Será el nuevo Ejército aristócrata quién aplaste éstas revueltas, igual que durante la dictadura zarista. Otro factor importante en la evolución de la dictadura burócrata: a partir de este mes, el Partido se otorga el derecho de vetar cualquier decisión de cualquier soviet.

En julio de 1918, los RS de izquierda inician una insurrección contra el poder bolchevique. Son vencidos, ilegalizados y expulsados del gobierno. Como consecuencia, los bolcheviques se quedan con el monopolio absoluto del poder estatal y prohibien la participación de otros partidos en los soviets.

En algún momento de 1918, a órdenes de Lenin, los bolcheviques establecieron los primeros campos de concentración, los cuales iniciarían el sistema de gulags que resultó en millones de muertos durante el régimen de Stalin.

Lenin ordena el uso del «terror masivo» contra una rebelión en la ciudad Nizhny Novgorod y contra una revuelta campesina en el región de Peza. Las rebeliones son protestas campesinas a la nueva política de «comunismo de guerra».No obstante, Lenin empezó una larga tradición comunista de acusar a cualquier crítico o disidente de ser un agente secreto de fuerzas derechistas (muy hipócrita él, considerando que había trabajado como agente de los intereses imperialistas). Ordenó ejecutar a cualquier persona sospechosa, así como a las prostitutas (a quienes culpaba de la carencia de disciplina de su ejército), y a cien campesinos al azar con el propósito de mandar un mensaje claro: «que toda la gente en un radio de muchas millas lo vea, entienda y tiemble».

El 5 de septiembre de 1918, se asignó a la Checa la política del «Terror Rojo». Se afirmó que esta estaba dirigida contra los Blancos y contrarevolucionaris, pero era una respuesta inmediata a dos atentados realizados por dos revolucionarias de izquierdas—Fanya Kaplan y Leonid Kannegisser—que intentaron asesinar líderes bolcheviques en respuesta a sus políticas represivas. Era, claramente, una política de liquidación de cualquier enemigo o crítico al poder bolchevique. Cómo bien declararon a su diario Izvestiya el 3 de septiembre: «tenemos que aplastar el hidra contrarrevolucionaria mediante el terror masivo! […] cualquier persona que se atreva a difundir el más mínimo rumor contra el régimen soviético será detenido inmediatamente y enviado a los campos de concentración». Durante los primeros dos meses asesinan entre 10.000 y 15.000 personas, muchas de ellas miembros de otras corrientes revolucionarias. El año 1922, la cifra llegó a los 1,5 millones de muertos, una parte de ellos zaristas y otros Blancos, pero la gran mayoría eran campesinos, obreros, disidentes y revolucionarios.

Hay que decir que el Ejército Blanco fue el primero en practicar las ejecuciones en masa—contra soldados capturados del Ejército Rojo—pero los bolcheviques aprovecharon esta situación para organizar una represión sin precedentes contra todas las otras corrientes de la Revolución.

En noviembre de 1918, en un gran territorio del sur de Ucrania con una población aproximada de 7 millones de personas, principalmente campesinas, se inició la Volnaya Territoriya o «Territorio Libre», una sociedad anarquista basada en comunas; milicias libres y descentralizadas; la colectivización de la tierra sin intermediarios y el control directo de la industria por parte de los obreros; la educación universal basada en la pedagogía moderna de Francesc Ferrer y Guardia; y soviets sin control de partidos pero con la libre participación de cualquier corriente de las clases populares y federados de forma descentralizada.

Las raíces del movimiento fueron las milicias anarquistas que luchaban contra los imperialistas alemanes, a los cuales Lenin había entregado todo el país. Los campesinos resistieron a la imposición del poder bolchevique, pero eran partidarios de la Revolución y su lucha principal siempre iba en contra de los burgueses nacionalistas ucranianos y del Ejército Blanco. Empezaron a mantener el frente contra el General Denikin, pero Lenin y Trotski tomaron medidas para asegurar que no recibían ni municiones ni armas funcionales.

Durante todo el año 1919, la Checa continuó y expandió la política iniciada el año anterior de fusilar a los desertores del Ejército Rojo. Como ejército autoritario e involuntario que era, el Ejército Rojo estaba casi inutilizado por las deserciones, sufriendo más de un millón en un año. Muchos intentaban ir a casa, otros muchos se juntaban con los «ejércitos verdes» de campesinos que intentaban defender sus tierras del expolio bolchevique o Blanco, y en Ucrania decenas de miles se unían al Ejército Insurgente Revolucionario de los anarquistas. En casos de deserción en masa, secuestraban a los familiares de los desertores y los ejecutaban uno por uno hasta que volvieran.

En febrero de 1919, los bolcheviques concedieron la amnistía a los RS. El Ejército Blanco estaba avanzando por todos los frentes y los bolcheviques necesitaban más aliados (en noviembre del año anterior, también legalizaron a los mencheviques después de que estos declararan su apoyo al gobierno). Cuando los RS dejaron la clandestinidad y restablecieron su sede en Moscú, la Checa empezó a detener a muchos líderes bajo acusaciones de conspiración, provocando la inoperabilidad del partido Revolucionario Socialista.

Entre el 12 y el 14 de marzo de 1919, a la ciudad de Astrakhan, la Checa ejecutó entre 2.000 y 4.000 obreros en huelga y a los soldados del Ejército Rojo que se habían unido a ellos. A muchos los lanzaron al río con piedras anudadas al cuello y a otros los fusilaron. Para hacerse una idea del alcance, principalmente antiobrero y contrarrevolucionario de la actividad bolchevique, durante la misma represión mataron entre 600 y 1.000 burgueses. Las principales víctimas de los bolcheviques fueron de las clases populares.

El 16 de marzo de 1919, en Petrogrado, la Checa asaltó la fábrica Putilov, donde obreros muriendo de hambre estaban en huelga para conseguir más raciones de comida, libertad de prensa, el final del Terror y la eliminación de los privilegios disfrutados por los miembros del Partido. Detuvieron a 900 y ejecutaron a 200 sin juicio.

También reprimieron huelgas en las ciudades de Orel, Tver, Tula y Ivanovo en estos meses. Durante la represión, la Checa desarrolló métodos de tortura que superaron a los de la Inquisición. Introducían presos dentro de hornos o calderas de agua hirviendo despacio; despellejaban a presos; enterraban vivos a campesinos; metían ratas dentro de recipientes fijados al cuerpo de un preso e introducían fuego en el otro extremo con la intención que las ratas escaparan haciendo un agujero comiéndose el cuerpo del preso.

En junio de 1919, los bolcheviques empezaron el primer intento de ilegalizar y liquidar a los campesinos anarquistas de Ucrania que luchaban con Makhno. La campaña estuvo intensificada en otoño, después de la derrota de Denikin, el líder Blanco (dado que las fuerzas anarquistas jugaron un papel clave en su derrota y después los bolcheviques no tenían tanta necesidad de una alianza con ellos).

Entre el 1 y el 3 de mayo de 1920, una insurrección campesina y anarquista estalló en las regiones de Altai y Tomsk, con la eventual participación de más de 10.000 combatientes. A pesar de que estaba principalmente dirigida contra el Ejército Blanco, fue el poder bolchevique quien más hizo para aplastarla. Detuvieron y ejecutaron a muchos participantes, utilizando tácticas de terror contra los campesinos. Ilegalizaron y destrozaron la Federación Anarquista de Altai. Sin embargo, la resistencia continuó hasta finales de 1921.

En junio de 1920, mujeres obreras de Tula hicieron una huelga por el derecho a no trabajar los domingos. Se las envió a campos de concentración.

El 19 de agosto de 1920, empezó la rebelión campesina de Tambov cuando un destacamento de «requisición» del Ejército Rojo apaleó a los hombres mayores de un pueblo para forzar a los habitantes a rendir más cereales al gobierno. En octubre, los campesinos ya tenían unos 50.000 combatientes luchando contra el poder bolchevique. Eran una fuerza autónoma y autoorganizada en contra de los Blancos y los «Comunistas». Algunos personajes de influencia eran experimentados revolucionarios de la izquierda de los RS. En enero de 1921, su revuelta se extendía para incluir Samara, Astrakhan, Saratov y partes de Siberia. Con unos 70.000 combatientes, defendían su territorio de los Comunistas hasta que unas victorias en otros frentes permitieran el despliegue de unos 100.000 soldados del Ejército Rojo. Para reprimir la revuelta, los Comunistas utilizaron armas químicas durante tres meses, asesinando a muchos no-combatientes. Enviaron a unas 50.000 campesinas—sobre todo mujeres y gente mayor—a campos de concentración, como rehenes. La mayoría murieron. Entre la guerra, los campos de concentración y las ejecuciones, murieron unas 240.000 personas de la región, la gran mayoría campesinas y no-combatientes.

En noviembre de 1920, los bolcheviques iniciaron una gran campaña contra el Ejército Insurgente Revolucionario de Makhno en Ucrania, movilizando decenas de miles de tropas y efectivos, muchos de los cuales desertaron para juntarse con los anarquistas. Pasaron 10 meses de guerrilla intensa antes de que los bolcheviques ganaran a los campesinos insurrectos. La campaña empezó como un ataque sorpresa. Al día siguiente de una batalla en que las fuerzas anarquistas consiguieron asaltar y tomar el Istmo de Perekop, baluarte de las fuerzas de Wrangel que el Ejército Rojo nunca consiguió ganar, los bolcheviques empezaron a detener y fusilar a sus aliados, los anarquistas.

El 28 de febrero de 1921, delegados de los marineros y obreros revolucionarios de la base naval de Kronstadt publicaron una declaración en solidaridad con los obreros de Petrogrado, recientemente reprimidos por hacer una huelga contra las condiciones de hambre que sufrían. Los bolcheviques respondieron con más represión, provocando una rebelión en Kronstadt. Los rebeldes de Kronstadt, siempre reconocidos como el corazón de la revolución, pidieron soviets libres, el fin de la dictadura bolchevique y la recuperación de los principios revolucionarios.

Trotsky, «el carnicero de Kronstadt», lideró una expedición militar que concluyó con la total supresión del soviet el 19 de marzo, un día antes del aniversario de la Comuna de París. El Ejército Rojo se portó igual que las tropas versallesas y ejecutaron a más de 2.000 personas. Enviaron unos millares más al gulag, donde la mayoría murieron.

Después de esto, la represión bolchevique no paró de aumentar. Según relatan Emma Goldman y Alexander Berkman en una carta de la época, Lenin promovió en el congreso del Partido de abril del mismo año la liquidación total del movimiento anarquista. También empezó la liquidación de los anarquistas que habían participado en el gobierno soviético.

El marzo de 1921, los bolcheviques adoptaron la «Nueva Política Económica» poniendo fin al «comunismo de guerra». Cómo bien reconoce el mismo Lenin, la NPE representaba «capitalismo de Estado», un «mercado libre y capitalismo, ambos sujetas al control estatal». La NPE aconteció en una nueva clase social, los nepmani—hombres de la NPE o noveau riches—los cuales se enriquecieron gracias a las nuevas condiciones y al coste de las clases trabajadoras. No hay que decir que todos eran burócratas del Partido Comunista. La NPE también desarrolló tratados y relaciones de comercio con los principales países capitalistas, empezando por Gran Bretaña (1921) y Alemania (1922) y siguiendo con los EE.UU. y Francia.

El Partido Comunista en ningún momento instauró el comunismo. La primera época constituyó un monopolio burócrata basado en la hiperexplotación de los obreros y campesinos, mientras la época de la NPE constituyó un sistema capitalista con un grado más de centralización y planificación que los capitalismos occidentales. Es decir, los bolcheviques desataron una represión desorbitada contra todas las otras corrientes revolucionarias, ahogando las luchas obreras y campesinas en plomo y sangre, y al final, todo el sacrificio no sirvió para nada más que para instaurar el capitalismo. En un país donde los capitalistas mismos no pudieron implantar el capitalismo, lo hicieron los comunistas, gracias únicamente a su afán de controlar el poder a cualquier precio.

Contrariamente a lo que dirán los posteriores revisionismos de izquierdas, toda esta brutalidad y explotación no fue culpa de Stalin, empezó antes, con las primeras semanas al poder y siempre bajo la dirección de Lenin y Trotsky. Cómo buena vanguardia que eran, se pensaban por encima de los obreros y campesinos, por encima de la Revolución misma. Utilizaron los soviets como mera herramienta para conquistar el poder, y cuando ya no convenían, los reprimieron, como ya lo habían hecho con cualquier expresión de lucha popular. Los bolcheviques, corriente del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso que posteriormente se constituyeron como Partido Comunista, eran la encarnación más grande de la contrarrevolución dentro de la Revolución Rusa.

URSS: fuerza para la contrarrevolución global y cómplice del fascismo

El destino de los otros estados supuestamente comunistas demuestra que, mientras el Partido de Lenin era especialmente sanguinario, falla algo en el modelo mismo. Lejos de conseguir el comunismo mediante el poder estatal, cada intento de comunismo autoritario consiguió implantar el capitalismo en un país donde la burguesía no era capaz. China, hoy en día, es el mercado capitalista más grande del mundo y pronto será la principal economía capitalista del planeta, un hito logrado en gran parte gracias a la industrialización y burocratización realizadas bajo la dirección de Mao. Vietnam está siguiendo el mismo camino. En cuanto a Cuba, en los primeros años de la revolución (y después de fusilar a los anarco-sindicalistas y socialistas disidentes), Che y Fiel abandonaron el plan de desarrollar el comunismo para construir un tipo de colonia de exportación donde se compartían los beneficios de forma más equitativa (como una Costa Rica con un gobierno sueco). Mantuvieron el papel de la antigua colonia de productora y exportadora de azúcar para el mercado internacional.

Como primera de estas revoluciones capitalistas, la URSS resaltó en el mal que hicieron a los movimientos anticapitalistas internacionales. Es cierto que apoyaban a muchos movimientos revolucionarios, pero siempre priorizando sus intereses por encima de los intereses de la revolución misma. Es un hecho muy significativo que tantos movimientos comunistas rompieron con la URSS nada más dejar de depender de sus ayudas, como fue el caso de la China y de Cuba en ciertas épocas. La intervención soviética en la Guerra Civil española demuestra hasta qué punto «la ayuda» soviética podía perjudicar una lucha.

La política internacional del Komintern se puede dividir en dos fases. En una primera fase, apoyaban la exportación de la revolución, pero únicamente si ellos la podían monopolizar. Entre 1919 y aproximadamente 1926, los agentes del Komintern eran los encargados de imponer el control bolchevique sobre toda organización obrera (sindicatos y otros) y anticolonial. Esto hacían con las subvenciones, el «entrismo» (la implantación de agentes carismáticos que subirían en los escalones del poder de la organización y que escondían su afiliación al Partido Comunista), los ataques contra corrientes no bolcheviques y otras tácticas. La táctica preferida era la de organizar congresos internacionales con apariencia neutral, con delegados de montaje (a veces pagaban a gente otros países para hacer de delegados de organizaciones masivas que ni existían) y todo un guión y coreografía para aprobar decisiones ya predecididas.

En el caso de las organizaciones que se negaban a aceptar el dominio Comunista, los agentes del Komintern se dedicaban a neutralizarlas mediante rumores falsos, provocando conflictos internos, delaciones o incluso asesinatos. Así destruyeron numerosos movimientos obreros.

En la segunda fase, que representaba el triunfo de la línea de Stalin y Bukharin, el Partido Comunista abandonó la pretensión de exportar la revolución, favoreciendo la figura del «Socialismo en Un País». Posteriormente, todos los movimientos anticapitalistas en el ámbito mundial sólo servirían para proteger los intereses geopolíticos de la URSS.

En realidad, no había tanta diferencia entre las dos fases. Las dos acontecieron en revoluciones e insurrecciones fracasadas. En la primera fase, porque la insolidaridad y el afán de poder de los Comunistas obstaculizaron los procesos revolucionarios de otros países, y en la segunda fase, porque la URSS seguía fomentando insurrecciones poco viables en otros países cuando podía debilitar algún enemigo.

Como ejemplo del primer caso, podemos ver el ejemplo de la Revuelta de Hamburgo de 1923. Líderes soviéticos como Trotsky presionaban al KPD—el Partido Comunista de Alemania, el más fuerte del mundo fuera de la URSS—para que hicieran una insurrección, pero los líderes alemanes la veían precipitada. Gracias a la mala organización, la insurrección se inició sólo en un distrito de Hamburgo. Desencadenó en una fuerte represión y supuso el empeoramiento de las relaciones entre Comunistas y Socialistas en Alemania.

Otro ejemplo es el de la revolución fracasada en Indonesia. El año 1925, el Komintern ordenó al Partido Comunista de Indonesia unirse a las fuerzas anticoloniales, pero no anticapitalistas (impuso la misma estrategia en la China y otros países). En el año 1926, los sindicatos comunistas tenían que empezar una revolución, pero se entendía como apresurada y la coordinación con otros sectores del frente unificado falló. La represión fue muy fuerte.

Como ejemplo de la segunda fase fallida, encontramos el motín del buque de guerra holandés Die Zeven Provinciën, provocado por una célula Comunista con la intención de desestabilizar las potencias colonialistas. O el ejemplo del motín naval en Chile en 1931.

Un agente alemán del Komintern describía como sus jefes le encargaban organizar una huelga portuaria en Bremen y Hamburgo. Una vez todos los obreros portuarios estaban en huelga, el Komintern instruyó a agentes confiados para hacer de esquiroles y sabotear la huelga. Así, muchos obreros solidarios perdieron sus trabajos, mientras el Komintern acababa con sus agentes en posiciones clave en muchos barcos y puertos, lo cual aumentaba la eficacia de su red contrabandista (que utilizaban para suministrar a la URSS, para dar movilidad a sus agentes y para entrar materiales de forma clandestina a países en todas partes). Maniobras como éstas aumentaron el cinismo entre la clase obrera alemana, haciendo perder apoyo al Partido y dando más legitimidad al argumento nazi de qué “todos los «rojos» eran agentes de Moscú”.

El Partido Comunista de Alemania ayudaba al Partido Nazi de manera más directa. Entre 1928 y 1935 (la época crítica del auge del movimiento nazi, cuando pasaron de ser un partido pequeño hasta tomar el poder estatal) el Komintern, siguiendo las directrices de Stalin declaraba que la socialdemocracia era igual al fascismo, pero que los comunistas tenían que ignorar el fascismo para dedicar todos sus esfuerzos a combatir las otras corrientes de la izquierda. El KPD en Alemania siguió esta línea con entusiasmo. En muchas ocasiones, militantes Comunistas se juntaron con paramilitares nazis para reventar los actos de los socialdemócratas.
Es cierto que los Socialistas utilizaban el poder estatal siempre que estaban en el gobierno para reprimir a los Comunistas, de igual modo que los RS en la Revolución Rusa hacían maniobras para ganar el poder, del mismo modo que las Izquierdas de todo el planeta intentan dominar. Porque el Estado es una herramienta de dominación y represión. No es ninguna otra cosa. Pero, por un lado, la colaboración con los Nazis representa un nivel especial de práctica insolidaria y totalitaria, sobrepasando las maniobras sucias de los Socialistas. Y por la otra, ninguna de las corrientes que no pretendían conquistar el poder estatal—anarquistas y comunistas libertarias—no utilizaban maniobras parecidas.

En Prusia, el estado más grande de Alemania, los Comunistas colaboraron abiertamente con los Nazis en 1931 para intentar echar al gobierno Socialista. Decían que los Nazis eran «compañeros de la clase obrera». El 1933, el año que los Nazis llegaron al poder, los Comunistas efectivamente permitieron que los Nazis ganaran. Si se hubieran juntado con las otras fuerzas de izquierdas, los Nazis no habrían conseguido la mayoría. Pero estaban obsesionados con destruir a la izquierda para poder monopolizarla, pensando que podrían triunfar después de un gobierno nazi. Thälmann, líder del Partido, creó el lema: «después de Hitler, nos toca a nosotros».

Pero no eran los Socialistas quiénes tenían demasiado en común con los Nazis, sino los mismos Comunistas. La ideología racial de los Nazis era una importación de los Estados Unidos, hecho ampliamente reconocido. Pero no se sabe tanto que el modelo organizativo de la dictadura nazi era la misma URSS. Para establecer la Gestapo—policía secreta encargada de la represión política—los Nazis estudiaron la Checa y el NKVD (sucesor de la Checa establecido por Stalin). La policía secreta soviética, que heredó muchas técnicas de la Okhrana zarista, era la más avanzada del mundo (con la posible excepción de la británica, pero ésta utilizaba técnicas demasiado suaves para las necesidades nazis). Muchos golpes, arrestaban y torturaban agentes soviéticos para aprender el funcionamiento de su aparato de contraespionaje, con el propósito de copiar el modelo.

En el año 1935, cuando el KPD había sido destrozado casi por completo, sufriendo miles de detenciones y ejecuciones, el Komintern inauguró una nueva estrategia, sin nunca aceptar la responsabilidad por la llegada al poder de los Nazis. La nueva estrategia era el «Frente Popular». Pero esta era igual de desastrosa para los movimientos revolucionarios.

El ejemplo más llamativo sería la intervención soviética en la Guerra Civil española. La URSS tardó unos meses a empezar a enviar ayuda a la banda antifascista. Esto pasa porque la participación en el Partido Comunista en España era anecdótica, incluso este era más pequeño que el POUM trotskista. No estaban atentos al peligro fascista en España porque en España tenían pocos intereses. Antes de enviar ayuda, querían asegurarse que podrían controlar la situación y sacarle beneficios. Para ser preciso, no enviaron ayuda armamentística a la República, sino que la vendieron, apropiándose así de todo el oro español, la cuarta reserva más grande del mundo. Y hacían más sabotaje a la guerra que otra cosa. Para los estalinistas, la Guerra Civil era una oportunidad de destrozar el movimiento anarquista más fuerte del mundo entonces (entre ellos y los imperialistas japoneses ya habían destrozado el de Corea) y también para liquidar a las corrientes comunistas disidentes, sobre todo a los trotskistas. Dado que el fascismo ya había llegado a Alemania e Italia, España era un refugio y un campo de acción muy importante para los comunistas de aquellos países.

Por eso, el NKVD—la policía secreta de la URSS—empezó una actividad desenfrenada en España, «liquidando» a miles de trotskistas, otros comunistas disidentes y anarquistas. Lejos de lo que cuentan las leyendas románticas, las Brigadas Internacionales eran en gran parte una máquina para atraer a estos disidentes y así poder asesinarlos en el contexto más disimulado posible: en el campo de batalla. También se utilizaron para reprimir a las colectivizaciones aragonesas.

Además, los Comunistas sabotearon directamente las milicias anarquistas y trotskistes con el propósito de restar la influencia de estas y alimentar su campaña propagandística a favor de la “militarización” (el mismo proceso de elititzación que habían llevado a cabo en el Ejército Rojo: la imposición de las jerarquías contrarrevolucionarias a una de las más importantes esferas de la revolución social, el que tenía que ser el poder armado del proletariado y no una herramienta represora del Estado). El sabotaje y monopolización de las armas llevadas a cabo por todas las fuerzas de Izquierda tenían la responsabilidad del estancamiento a los frentes de Huesca y Teruel. Conquistadas estas ciudades—un reto viable con armas suficientes—probablemente habría caído Zaragoza, un punto clave en la estrategia fascista. Los juegos sucios y la falta de solidaridad de los Comunistas también tienen una gran parte de culpa de la caída de Málaga, otro punto decisivo en la derrota republicana, como bien explica Miquel Amorós. A todo esto se podría añadir la detención de Maroto, efectivo líder guerrillero que mantenía una guerrilla devastadora contra los fascistas alrededor de Granada, y la negativa a las propuestas anarquistas de lanzar una guerrilla masiva a la retaguardia fascista y de crear una alianza con la resistencia anticolonial en el Rif, lo cual habría socavado una de las bases más fuertes de Franco. La primera estuvo negada porque sabían que no podrían controlar una guerrilla y que esta habría dado una ventaja a los anarquistas; y la segunda estuvo negada para no perturbar a los franceses. En ambos casos, las pretensiones comunistas no eran las de vencer al fascismo ni realizar la revolución, sino mantener el poder y sabotear a sus adversarios.

Después de ganar la contrarrevolución e instaurar un líder fiel, Negrín, en mayo de 1937, la URSS ya no tenía intereses en España. Por eso, a partir de junio del año 1937, empezaron a reducir las ayudas militares. La verdad trágica es que Stalin no quería que la República ganara la guerra. Por un lado, quería quedar bien con Francia e Inglaterra, que promovían una «no-intervención» diseñada para favorecer a los fascistas. Y por la otra, quería alargar el conflicto con el propósito de demostrar a Hitler la necesidad de un pacto de no-agresión.
Las negociaciones por el Pacto Mólotov-Ribbentrop empezaron en abril del año 1939, al finalizar la Guerra Civil española, y el Pacto se firmó en agosto del año 1939. Era lo que Stalin necesitaba para proteger la URSS de un ataque nazi, y era lo que Hitler necesitaba para poder atacar Francia sin empezar una guerra en dos frentes. El Pacto era un precursor de la Segunda Guerra Mundial y otro ejemplo de la colaboración nazi-estalinista.
La relevancia, hoy en día, de la contrarrevolución comunista

Recuperar esta memoria histórica es importante por varios motivos. Para empezar, para recordar nuestros muertos, para traerlos con nosotros y para derribar el trono de sus asesinos erigido sobre nuestras tumbas; para dejar de honrar como héroes a los traidores de las revoluciones y los verdugos de las clases oprimidas.

Es importante porque la memoria histórica es nuestra biblioteca de lecciones revolucionarias, el aprendizaje común que nos acerca a la libertad. Y si dentro de esta biblioteca guardamos volúmenes tergiversados, historias de mentiras, victorias que nunca fueron, repetiremos los mismos errores un golpe detrás de otro. Convirtiendo en héroes a personas y partidos que van a estrangular revoluciones, conservamos ideas totalmente irreales sobre qué es la revolución y como lo logramos. Si pensamos que el Estado podría ser—y alguna vez ha sido—una herramienta popular capaz de vencer al capitalismo, creamos una receta para el desastre: un ámbito revolucionario en el cual no se puede distinguir a los inocentes y a los entusiasmados de los arribistas que buscan el poder.

Existe un patrón preocupante en la izquierda. Hipotecan el futuro de la revolución mediante pactos con el demonio, este papel diabólico jugado—a lo largo de la historia—por el imperio alemán, por la Alemana nazi, o en Cataluña a día de hoy por Junts pel Sí, una coalición de partidos nacionalistas y neoliberales que la CUP, con su colaboración y falso pragmatismo, ha convertido en el vehículo de la independencia, de la construcción de un país supuestamente «nuevo». Perdemos la autonomía de nuestras luchas, perdemos la iniciativa, la ilusión y la esperanza, todo para conquistar el poder; sea este el de un municipio o el de todo un Estado, la estrategia empleada nunca nos ha aportado nada más que traición, explotación, represión e inmovilismo.

Una vez detrás de otra, la Izquierda autoritaria sabotea a los movimientos revolucionarios, implementando estrategias previsiblemente fracasadas. La ventaja de éstas es que le permiten imponer un monopolio de la lucha. Si ganan una victoria parcial, imponen el monopolio mediante la captación de las instituciones estatales que posteriormente sirven para comprar y reprimir a todos los otros sectores de la lucha. Y si fracasan, se aprovechan del protagonismo trágico en una lucha fallida en la cual ya había sacado a todos los demás actores su protagonismo, convirtiéndolos en espectadores de un combate mediático entre dos polos jerárquicos.

La liberación tiene que ser la tarea de las personas y pueblos oprimidos. La revolución, por definición, tiene que ser autoorganizada y las luchas de las clases populares necesitan—más que cualquier otra cosa—mantener su autonomía ante las instituciones de poder.

Tenemos presente a todas las revolucionarias y luchadoras que lo sacrificaron todo en las luchas que nos han precedido. Escupimos sobre la memoria de aquellos que se aprovecharon de las luchas para llegar al poder y de aquellos que trataban de imponer su incuestionable verdad sobre toda una lucha, obstaculizando la autoactividad de la misma clase que, hipócritamente, pretendían liberar.

Viva la Revolución de 1917! Fuera todos los dictadores, representantes y políticos!

Volín, La revolución desconocida
Alexander Berkman, El mito bolchevique (diario 1920-1922)
Emma Goldman, Mi mayor decepción con la Revolución Rusa
Ngo Van, Memoria escueta: de Conchinchina a Vietnam
Erik Benítez Martínez, La traición de la hoz y el martillo
Augustí Guillamón, El terror estalinista en Barcelona 1938
Jan Valtín, La noche quedó atrás
Angel Pestaña, Setenta días en Rusia
Bloodstained: One Hundred Years of Leninist Counterrevolution, ed. per Amics d’Aron Baron
James Guillaume, Documents et Souvenirs